miércoles, enero 31, 2007

Sobre testigos protegidos, por Juan Sasturain en PaKina/12

Cuando en 1835 el joven Charles Darwin regresó a Londres tras fatigar la vuelta al globo como semipolizón científico del zarandeado “Beagle”, no desembarcó solo. Lo acompañaban recuerdos y dibujos de medio mundo –la barrosa, tenebrosa Buenos Aires incluida–, una teoría revulsiva en ciernes, el escándalo a plazo fijo y, entre otros animales vistosos y descontextualizados, tres tortugas gigantes de Galápagos: las bautizadas apresuradamente Tom, Dick y Harry.

Lo notable –o no– es que el joven Darwin murió venerable y con barba, que su peliaguda teoría creció, evolucionó y revolucionó la ciencia y la creencia, y que las tortugas sobrevivieron largamente a todos esos avatares. Ceñudos e incluso –podemos suponer– escépticos testigos, los quelonios enterraron a un puñado de generaciones de humanos, al punto de que todavía hoy, en el zoológico de Brisbane, en Australia, se celebra cada noviembre el cumpleaños de Harriet (que ya no Harry: hubo que esperar más de un siglo para que alguien viera lo que el poco confiable Charles no advirtió...), la tortuga darwiniana que queda. La hembra cumplió 175 con buen apetito y espera seguir masticando hasta batir el record de longevidad que posee, con 185, una que fuera mascota descomunal del rey de Tonga.

Cuando en 1980 murió un tal Josip Broz, a muchos no se les movió un pelo; hasta que les explicaron que se trataba del Mariscal Tito, mítico padre de la Yugoslavia moderna hoy desmembrada. O vuelta a repartir, si se quiere. Para los años sesenta y setenta, el proyecto de la autogestión yugoslava aparecía como (una cierta) alternativa a los dos consabidos polos que se repartían el mundo y la torta. El conjunto de los países del Tercer Mundo y los No Alineados de la ONU, esa bolsa de gatos pardos ideológica, miraba con simpatía el socialismo sui generis que manejaba con mano de hierro el mariscal. Por eso, en alguna de esas bienintencionadas reuniones en que se sintieron acompañados y con deber de agradecer solidaridades, los tropicales No Alineados le regalaron, a Tito, hace cuatro décadas, un loro: Koki.

Haciendo justicia al criollo refrán –“más años que bandada de loros”–, el multilingüe Koki ha sobrevivido largamente al viejo líder, a la consabida Yugoslavia, a las guerras y reyertas que vinieron y tardan en irse de la región y al sueño mismo de un mundo de países que ya no tiene par para ser tercero. El viejo loro sigue ahí. Más precisamente, en las coquetas y croatas islas Brioni, en el Adriático, antigua residencia de verano del mariscal, donde es figura de atracción histórico-turística. Koki tiene siempre mucho que decir y los años no le han quitado locuacidad.

Hace algunas semanas, un cable fechado en Zagreb informaba la puesta en cuarentena del ave famosa para preservarla de la devastadora gripe aviaria. No fuera cosa que le pasara lo que a los patitos feos que estiraron las patas en el parque más elegante de la ciudad de Orahovica, no muy lejos de allí. Y por ahora, aguanta el loro.

El aspecto más superficial de estos asuntos se vincula con el registro de pseudo records y triviales curiosidades proveedoras del Guinness, una tendencia insoportable en estos numéricos tiempos devotos de la estadística y adictos a las pérfidas encuestas. Sin embargo, hay otro costado más rico. El celo riguroso por mantener con vida y animal lucidez a estos vetustos testigos parte de una idea arraigada y conmovedora, variante de la pretensión horaciana: nadie “muere del todo” mientras haya quien conserve la memoria de su presencia. Y, a su vez, algo o mucho –único e intransferible– muere con cada quien que se apaga. Alguna vez murió el último hombre que oyó la voz de Jesucristo, en algún momento no muy lejano morirá (o habrá muerto) el último hombre que estuvo en la Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945. Y seguramente no saben qué es lo que muere con ellos.

Volviendo a los vetustos bichos de famosa historia, quién sabe qué imágenes para todos perdidas pueblan los sueños, si los tiene –y yo creo que sí–, de la fatigada tortuga que en un zoológico de Brisbane descansa encapsulada: una isla, el barco, aquel hombre joven aún, diferente y minucioso. Quién sabe qué frases, qué gritos del viejo mariscal persisten en el repertorio del colorido Koki en su exilio adriático y pueblan su ominosa cuarentena. Siempre es conmovedor pensar –a lo Poe– en las posibilidades de ese registro misterioso.

Borges ha especulado con su habitual brillantez al respecto, y a propósito del hombre Shakespeare, en un segmento de El Hacedor. Por eso, aunque no estoy seguro de quién sobrevivió a quién con su querido Beppo, el gato blanco que lo acompañaba los últimos años, me gusta pensar que no sólo Kodama o la solícita Fanny se quedaron con imágenes privadas, íntimas, del maestro, aunque sea durante un tiempito más.

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